Ser como Simone

El fútbol, lejos de la opinión de Javier Tebas y los hombres grises que mandan en los organismos que lo rigen, no es de las empresas que mercadean con él. Más allá de la publicidad, contratos millonarios, audiencias, ingresos o intermediarios, el fútbol es de la gente, como siempre lo ha sido. Son los aficionados los que mantienen en pie el edificio del que se nutren las aves carroñeras que habitan en los despachos de las plantas altas.

La magia lo mantiene en pie. Sin el brillo en los ojos de un niño la primera vez que pisa un estadio, el fútbol se derrumbaría. Por eso conviene siempre cuidar a la infancia, el material más valioso y, a su vez, el más frágil. En el fútbol y en la sociedad, pero centrémonos en el tema que nos concierne, que tampoco quiero dar la turra en exceso.

Pese a ser el sustento del negocio, no siempre los pequeños son tan cuidados como debiere. Empezando por los horarios criminales que fija la LFP impidiendo, en muchas ocasiones, la asistencia de escolares; también por la actitud de las estrellas que a menudo olvidan su carácter de ídolos y modelos para la chavalería. Y terminando por los medios de comunicación, cuyo tratamiento de la mayoría de asuntos es pernicioso, ya que priman los valores más superfluos que se pueden extraer del deporte y obvian los contrarios, los realmente importantes: los positivos y educativos.

“El mejor regalo que le puedes dar a los demás es el ejemplo de tu propia vida”.

Bertolt Brecht (poeta y dramaturgo alemán)

Es en este contexto donde resulta tan importante la irrupción de Simone Zaza como pichichi y, por tanto, una de las estrellas del Valencia de Marcelino. Porque el delantero italiano no es como otros jugadores a los que puedan idolatrar los niños. Simone no es prepotente, sus formas no son altivas, sus éxitos y sus goles son fruto, principalmente, de un trabajo impagable. Zaza no tiene una calidad desorbitada, no es un privilegiado en la técnica, tampoco destaca por una inteligencia táctica que le genere ventajas simplemente leyendo el juego. Su físico, siendo adecuado para un delantero de su estilo, tampoco es superior al de la media.

Simone brilla por puro sacrificio. Se deja la piel en cada puto balón dividido. Zaza es derroche, generosidad y raza. Simone sí es un ejemplo válido para la infancia, un espejo donde mirarse. Simone es un niño en el cuerpo de un adulto. Uno que nunca dejó de pelear por conseguir sus objetivos. Por eso si no juega se enfada, pero luego, como el alumno que recibe una regañina, reconoce el error y lo subsana esforzándose más, entrenando extra y aprovechando cada minuto que pasa dentro del campo.

Muchos niños, a lo largo y ancho del planeta, quieren ser como Cristiano, como Messi o como Neymar. Pero las actitudes de estos no siempre son el mejor ejemplo. Me quedo más tranquilo sabiendo que muchos de los nuestros, los hijos del pueblo de Mestalla, querrán ser como Simone.

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