Perder la fe y ganar un equipo (1-2)

La mala suerte se le sigue acumulando al Deportivo de la Coruña. El de Riazor fue un partido que definió la suerte, sin más. Por desgracia para Cristóbal Parralo, la balanza favoreció al que traía consigo una dinámica positiva y ascendente. Pese a todo, el entrenador andaluz fue ambicioso desde la formación del once: 4-3-3 con sus tres delanteros arriba. En la entrevista que le hacía Carlos Rosende (ElDesmarque Dépor) hace sólo unos días, decía que esa opción era complicada si la pretensión es mantener el equilibrio de un equipo inestable. Aun así, los alineó. En el lado contrario del tablero, Marcelino salió a experimentar (por las sanciones y las rotaciones) y le salió bien. Rúben Vezo y Maksimović fueron compañeros de banda derecha; Coquelin debutó como titular junto a Parejo. Los primeros 20 minutos (e incluso podríamos decir los primeros 30 minutos) los dominaron los locales a base de intensidad y llegadas por banda. Los coruñeses llegaron a realizar 32 centros durante todo el encuentro, justo el doble que el Valencia C.F. Sin embargo, el nivel de precisión en esos centros fue el mismo para ambos: un 25%. El Deportivo dio la constante sensación de peligro sin demasiado colmillo, sobre todo con Borges llegando desde atrás desde el interior diestro. Al conjunto che le costó asentarse, especialmente por dos factores: lo primero es que, al principio, insistieron en salir por la derecha, lo cual no fue muy efectivo; lo segundo fue la ausencia de Kondogbia. Cuando Geoffrey está en el campo, la responsabilidad de Parejo puede repartirse en algunos tramos. Si Coquelin es su acompañante, la cosa cambia. Francis es un jugador de seguridad, de pase corto, un escudero puro y duro. El Valencia creció cuando Guedes empezó a coger peso en el ataque y cuando Garay hizo lo propio en la salida de balón

Pases y regates de Rodrigo Moreno. Dio una asistencia y marcó un gol, pero lo importante fue su movilidad entre líneas. Incontrolable. Imagen: Valencia Club de Fútbol

Sobre el minuto 36 llegó el primer golpe de realidad: gol de Gonçalo Guedes tras un error monumental de Rubén Martínez. Al Dépor se le vino el mundo abajo. Normal. Lo peor de las malas dinámicas es verse incapaz de remar a contracorriente (para muestra, los dos últimos años de Mestalla). A partir de ahí, el choque fue controlado y dominado por el Valencia casi al completo. El extremo luso ha vuelto a su nivel del inicio de campaña. Y no sólo eso, sino que cada vez se siente más cómodo con la responsabilidad de ser quien tiene que ganar los partidos. Fue líder en regates y faltas provocadas (4), sembró el pánico en la defensa blanquiazul cada vez que arrancó. Su abanico  de recursos cada vez es más fluido: cada vez que acelera tiene múltiples opciones en la cabeza y todas son peligrosas. Entre él y Rodrigo se encargaron de provocar el caos, cada uno en su sitio. El hispano-brasileño es incontrolable cuando se retrasa unos metros para apoyar al doble pivote. Con un simple control orientado pone a su equipo de cara, lo cual suele derivar en peligro inminente. Por esto, lo que parece simple, es fundamental para el funcionamiento del ataque che. Vietto ha dado síntomas de poder hacerlo también, aunque es pronto. En otro orden de cosas, Maksimović volvió a cuajar un gran partido, al igual que Garay. Sin olvidar a un Mina intermitente que plantó la semilla de los dos goles. Al final, Rodrigo anotó el 0-2 de rebote y Andone hizo el 1-2 en el 87′. Adrián pudo empatar en el descuento, pero la lluvia y las prisas le pasaron factura. La suerte es algo que tiendes a encontrar cuanto más te lo crees. El Dépor tuvo fe, pero a este Valencia no le hace falta rezar. Olvidó cómo hacerlo estas dos últimas campañas.

Fotografía: Valencia Club de Fútbol

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